El Herrero me había propuesto unirme a su grupo de vacacionistas. Iban a Zirka, una ciudad en la costa a día y medio de viaje desde Trone. “Un lugar que todos deberíamos visitar al menos una vez en la vida” dijo. “La Torre Recta de Zirka es una de las nueve maravillas del mundo.”
No sé por qué acepté. Creo que fue porque no me apetecía quedarme en un pueblo fantasma y esperar que llegara el invierno. Podría haberme muerto del aburrimiento. Esto último es un juego de palabras.
Salimos del pueblo temprano en la mañana. El grupo del Herrero consistía en los mismos que siempre le acompañan a sus excursiones por el campo. Pero esta vez no iríamos a pie. Cada uno había traído su propio animal de carga. Yo llevé conmigo a Alfredus, mi sirviente. No se hizo mucho de rogar cuando le ordené preparar las maletas y ensillar los caballos. El Hidalgo también se había ido de vacaciones llevándose con él a la mitad de su servidumbre, incluida la criada con la que Alfredus suele fornicar.
El viaje a Zirka habría sido divertido de no ser porque duró varios días y por lo incómodo de los albergues donde pasamos las noches. Eso sin contar con lo pesados que resultaron ser los amigos del Herrero. Ya me habían parecido pesados durante aquella excursión que hicimos al campo. Pero convivir con ellos durante varios días multiplicó los efectos cargantes.
El Tonelero contó varias veces los mismos chistes que ya conocíamos de la anterior excursión, mientras que su mujer no dejó de celebrarlos con estruendosas carcajadas. Martina, la aprendiz de bruja y Lugdvig, el aprendiz del Herrero seguían tratando de impresionarse uno al otro. Yo creía que, después de tanto tiempo, ya habrían consumado su idilio. Pero, al parecer, ninguno de los dos se atrevía a dar el paso y seguían estancados en la misma situación. Girardo, el sobrino medio idiota del Tonelero, demostró serlo completamente. Para colmo, a Alfredus le dio por cortejar a la prima segunda del Tonelero, lo cual generó algunas tensiones con la familia Tonelero.
Al final llegamos a Zirka, de lo cual me alegré mucho. Tomamos habitaciones en una pensión abarrotada, muy cerca de la playa. “En primera línea” según las palabras del dueño, que nos cobró una pasta por alojamiento y desayuno. El lugar no estaba mal: pronto descubrí que en la playa había un chiringuito con tumbonas y un mozo que servía todas las cervezas que uno pudiera tomar. Eso sí, a un precio exorbitante. Decidí que iba a pasar mis vacaciones en ese sitio, bajo una sombrilla, bebiendo cervezas y sintiendo la suave brisa marina rozando mis costillas. Pero no fue posible.
No sé por qué acepté. Creo que fue porque no me apetecía quedarme en un pueblo fantasma y esperar que llegara el invierno. Podría haberme muerto del aburrimiento. Esto último es un juego de palabras.
Salimos del pueblo temprano en la mañana. El grupo del Herrero consistía en los mismos que siempre le acompañan a sus excursiones por el campo. Pero esta vez no iríamos a pie. Cada uno había traído su propio animal de carga. Yo llevé conmigo a Alfredus, mi sirviente. No se hizo mucho de rogar cuando le ordené preparar las maletas y ensillar los caballos. El Hidalgo también se había ido de vacaciones llevándose con él a la mitad de su servidumbre, incluida la criada con la que Alfredus suele fornicar.
El viaje a Zirka habría sido divertido de no ser porque duró varios días y por lo incómodo de los albergues donde pasamos las noches. Eso sin contar con lo pesados que resultaron ser los amigos del Herrero. Ya me habían parecido pesados durante aquella excursión que hicimos al campo. Pero convivir con ellos durante varios días multiplicó los efectos cargantes.
El Tonelero contó varias veces los mismos chistes que ya conocíamos de la anterior excursión, mientras que su mujer no dejó de celebrarlos con estruendosas carcajadas. Martina, la aprendiz de bruja y Lugdvig, el aprendiz del Herrero seguían tratando de impresionarse uno al otro. Yo creía que, después de tanto tiempo, ya habrían consumado su idilio. Pero, al parecer, ninguno de los dos se atrevía a dar el paso y seguían estancados en la misma situación. Girardo, el sobrino medio idiota del Tonelero, demostró serlo completamente. Para colmo, a Alfredus le dio por cortejar a la prima segunda del Tonelero, lo cual generó algunas tensiones con la familia Tonelero.
Al final llegamos a Zirka, de lo cual me alegré mucho. Tomamos habitaciones en una pensión abarrotada, muy cerca de la playa. “En primera línea” según las palabras del dueño, que nos cobró una pasta por alojamiento y desayuno. El lugar no estaba mal: pronto descubrí que en la playa había un chiringuito con tumbonas y un mozo que servía todas las cervezas que uno pudiera tomar. Eso sí, a un precio exorbitante. Decidí que iba a pasar mis vacaciones en ese sitio, bajo una sombrilla, bebiendo cervezas y sintiendo la suave brisa marina rozando mis costillas. Pero no fue posible.

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