sábado 6 de octubre de 2007

Me fui de Vacaciones IV

Sólo pude disfrutar el primer día. Tengo que reconocer que echado al sol en aquella tumbona, sintiendo las caricias de la brisa marina, bebiendo y sin hacer nada, se estaba de maravilla. Pero al día siguiente el Herrero dijo que estaba bien perder el tiempo en la playa sin hacer nada.
“Vamos a ver la Torre Recta. Venir a Zirka y no ver la Torre es como no haber venido” declaró. Luego estuvo largo rato contándonos la historia de la Torre y su importancia arquitectónica. Al parecer, los habitantes del país son un desastre haciendo torres o cualquier otro tipo de edificios. Todas quedan inclinadas. Algunas tan inclinadas, que según dicen, tienen que poner los muebles en las paredes, y los cuadros en el suelo.
Sin embargo, el mayor edificio de Zirka, la Torre Recta, es extremadamente alto y vertical. Cuando se terminó, a los habitantes de Zirka, les pareció de mal gusto y poco práctica. Se sintieron estafados, burlados y ofendidos en su amor propio. Tanto que hicieron ejecutar al arquitecto Geronetto el Grande, que había sido contratado para construirla, no sin antes torturarlo públicamente durante varios días en la Plaza del Ayuntamiento, como parte de las fiestas de la ciudad.
Hoy en día, la Torre Recta es el orgullo de la ciudad y Geronetto tiene una estatua justo en el mismo lugar donde fue torturado, en la Plaza del Ayuntamiento. Los zirkanos suelen negar haber asesinado a Geronetto. Cuentan que lo hicieron agentes del vecino Imperio, llenos de envidia por la maravillosa torre que había construido para Zirka. Los más instruidos, saben que en la época en que se construyó la Torre, el Imperio aún no existía. Pero se justifican diciendo que eran otros tiempos y que la cultura de la gente era diferente. “Torturar personas en las fiestas era una tradición, una señal de identidad nacional” nos explicó el guía. “Incluso existía una raza de esclavos que eran criados expresamente para ser torturados y ejecutados públicamente. Ahora que esos usos están prohibidos, esa raza de seres nobles y abnegados ha desaparecido por completo.”
La excursión a la Torre incluía la subida al mirador que hay en su punto más alto. En condiciones normales jamás habría intentado subir a esa altura, pero una vez más, la opinión del Herrero se impuso. No quiso permitir que nadie se perdiera la experiencia, aunque Alfredus se escabulló en el último momento.
Trepamos por una empinada, estrecha, retorcida y oscura escalera de caracol. No tardé más de unos minutos en aburrirme de tantas vueltas. Si hubiera tenido estómago, habría vomitado. Me dolían todas las articulaciones. Las rótulas parecían querer separarse de sus habituales compañeros, tibias y fémures. No sé cuánto tardamos, pero me pareció interminable.
Al llegar arriba teníamos muy mal aspecto. Todos menos el Herrero qué exclamó: “¡Mirad qué paisaje! ¡Qué vistas tan hermosas!” Fuimos tras él. Más que nada, para que la brisa que venía del mar apaciguara un poco las nauseas y el mareo.
El Tonelero, con el rostro extremadamente pálido, se inclinó sobre el muro y sus tripas produjeron un sonido espeluznante. El viento arrastró su vómito para hacerlo caer sobre las cabezas de los asistentes al mercadillo que hay a los pies de la torre. Ni siquiera tuvimos ánimos para asomarnos a ver como los turistas gritaban improperios y amenazas de muerte. En otro momento hubiera sido un espectáculo muy divertido.