Mis vacaciones hubieran podido ser maravillosas. Las playas eran magníficas. El servicio inmejorable. La cerveza, suave y fría. Había chicas semidesnudas tomando el sol en las playas y bailando en las discotecas. El sol alejaba el frío de la noche, la brisa marina refrescaba los cuerpos por el día. Era el lugar perfecto para echarse a no hacer nada y deleitarse plenamente en el ocio y la vagancia...
Pero mis compañeros de viaje no me dejaron disfrutar de todas esas cosas. Se empeñaron en llevarme a lugares “de interés” que “había que ver”. Lugares que eran accesibles solo pasando por senderos agrestes y retorcidos. Lugares cuya visita no llevaba más de diez minutos, y sin embargo, para llegar a ellos empleábamos tres horas de camino.
Pero mis compañeros de viaje no me dejaron disfrutar de todas esas cosas. Se empeñaron en llevarme a lugares “de interés” que “había que ver”. Lugares que eran accesibles solo pasando por senderos agrestes y retorcidos. Lugares cuya visita no llevaba más de diez minutos, y sin embargo, para llegar a ellos empleábamos tres horas de camino.
Cualquier cosa que no fuera ir a ver “cosas nuevas”, era una pérdida de tiempo para el Herrero y los suyos. En lugar de descansar, estuve todo el tiempo de sobresalto en sobresalto. A la carrera porque nos perdíamos una representación teatral o una ceremonia que tenía doscientos años de historia.
Zirka terminó siendo tan familiar como Castelvalverde en mi niñez. Pero no logré descubrir las ventajas de los planes del Herrero sobre los míos. Encontré menos placer en todos esos días que en la primera mañana que pasamos tumbados en la playa.

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