El matrimonio de Adela con mi hermano mayor no significó ningún cambio en mi vida. Excepto por las ceremonias, que fueron un acontecimiento en Valverde. Hubo invitados de toda Zaleña y del Continente. Uno tras otro desfilaron por el paseo principal de Castelvalverde hasta el castillo de mi padre. Los padres de Adela, señores de Artoburgo, habían venido con su escolta de caballeros, que lucían brillantes armaduras chapadas en oro, y cascos rematados con grandes plumas rojas de aves desconocidas. El rey de Zaleña había enviado a su hijo, el príncipe Félix con su séquito de nobles guerreros vestidos de terciopelo negro. Había ilustres invitados de todos los feudos de la isla. Incluso el Marqués de Peñas, primo de mi padre y Señor del feudo vecino, había decidido asistir, a pesar de las tensas relaciones entre ambas ramas de la familia.
Ese matrimonio era el remate de una serie de pasos que había dado mi padre para controlar el comercio de armas entre Zaleña y el Continente. Compró licencias comerciales en la corte de Palma y minas de hierro en el centro de la isla. Llegó a acuerdos muy ventajosos con los Señores de Cuerva, donde se fabricaban las mejores espadas del mundo conocido. Equipó una flota de barcos que llevaban hierro a Cuerva, de ahí traían armas y las llevaban a Artoburgo, desde donde se vendían en todo el Continente, especialmente en el Imperio.
El rey no lo tomaba muy en serio y lo dejaba hacer, ya que pagaba escrupulosamente sus impuestos a la Corona. Además, el comercio en Zaleña se consideraba cosa impropia de nobles. Mi padre era objeto de chanzas y burlas cuando visitaba la corte. Cuando la broma provenía del Rey, se limitaba a sonreír. Los demás tenían que bromear a espaldas suyas, sobre todo después que matara en duelo a un joven cortesano incauto, que se atrevió a llamarlo “Mercader de Valverde”.
Más en aquel entonces, las interioridades de la política de mi padre no me interesaban en absoluto. Mis preocupaciones eran otras: me había propuesto robar las plumas del penacho de uno de los escoltas de los padres de Adela.
Los hijos de los nobles, los caballeros y los hidalgos, mirábamos el desfile de invitados desde una tribuna, en el patio de armas del castillo. Las enormes plumas de los caballeros de Artoburgo nos habían impresionado y nos preguntábamos a que ave pertenecerían. Eloy, el hijo de un caballero, dijo que eran plumas de Ave Fénix. “El Ave Fénix vive en los volcanes Fenxgor, en el corazón del Imperio. Todas las noches arde en el fuego del volcán y todas las mañanas resucita de sus cenizas”. Eloy era un poco pretencioso y creía saberlo todo siempre. Le respondí que esa era la tontería más grande que había escuchado jamás. “Me lo ha mostrado mi padre en un libro. Y si eres tan listo, que todo lo sabes, tráenos una de esas plumas y comprobaremos que no arde”, respondió.
Los otros chicos estaban interesados en conocer más sobre el Ave Fénix. Eloy se explayó citando montones de datos, seguramente extraídos de su famoso libro. Hasta que, irritado por tanta pedantería, prometí que robaría una pluma y la quemaría delante de todos. “Os demostraré que lo que dice Eloy es sólo una sarta de idioteces”, concluí.
Ese matrimonio era el remate de una serie de pasos que había dado mi padre para controlar el comercio de armas entre Zaleña y el Continente. Compró licencias comerciales en la corte de Palma y minas de hierro en el centro de la isla. Llegó a acuerdos muy ventajosos con los Señores de Cuerva, donde se fabricaban las mejores espadas del mundo conocido. Equipó una flota de barcos que llevaban hierro a Cuerva, de ahí traían armas y las llevaban a Artoburgo, desde donde se vendían en todo el Continente, especialmente en el Imperio.El rey no lo tomaba muy en serio y lo dejaba hacer, ya que pagaba escrupulosamente sus impuestos a la Corona. Además, el comercio en Zaleña se consideraba cosa impropia de nobles. Mi padre era objeto de chanzas y burlas cuando visitaba la corte. Cuando la broma provenía del Rey, se limitaba a sonreír. Los demás tenían que bromear a espaldas suyas, sobre todo después que matara en duelo a un joven cortesano incauto, que se atrevió a llamarlo “Mercader de Valverde”.
Más en aquel entonces, las interioridades de la política de mi padre no me interesaban en absoluto. Mis preocupaciones eran otras: me había propuesto robar las plumas del penacho de uno de los escoltas de los padres de Adela.
Los hijos de los nobles, los caballeros y los hidalgos, mirábamos el desfile de invitados desde una tribuna, en el patio de armas del castillo. Las enormes plumas de los caballeros de Artoburgo nos habían impresionado y nos preguntábamos a que ave pertenecerían. Eloy, el hijo de un caballero, dijo que eran plumas de Ave Fénix. “El Ave Fénix vive en los volcanes Fenxgor, en el corazón del Imperio. Todas las noches arde en el fuego del volcán y todas las mañanas resucita de sus cenizas”. Eloy era un poco pretencioso y creía saberlo todo siempre. Le respondí que esa era la tontería más grande que había escuchado jamás. “Me lo ha mostrado mi padre en un libro. Y si eres tan listo, que todo lo sabes, tráenos una de esas plumas y comprobaremos que no arde”, respondió.
Los otros chicos estaban interesados en conocer más sobre el Ave Fénix. Eloy se explayó citando montones de datos, seguramente extraídos de su famoso libro. Hasta que, irritado por tanta pedantería, prometí que robaría una pluma y la quemaría delante de todos. “Os demostraré que lo que dice Eloy es sólo una sarta de idioteces”, concluí.

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