martes 27 de noviembre de 2007

Infancia (4) Las Plumas de Fénix

Mi amigo Bartolo era hijo de Luciano, el Capitán de la Guardia. Después del desfile de los invitados, lo convencí para que robara las llaves de uno de los muchos pasadizos secretos que recorrían el castillo y que llevaba a las habitaciones donde se hospedaba la escolta de Artoburgo.
Se suponía que los pasadizos eran secretos. Estaban bien disimulados, pero Luciano también guardaba los planos. Su hijo y yo habíamos copiado muchos de estos y de vez en cuando jugábamos a ocultarnos en los túneles para ganar a otros niños en los juegos al escondite o espiar a las sirvientas mientras se bañaban.
El que llevaba a las habitaciones de huéspedes era especialmente estrecho y tortuoso. Terminaba dentro de la chimenea de una sala rodeada de dormitorios.
Las primeras sombras de la tarde oscurecían la gran sala. Tal y como esperábamos, los guardias de la escolta habían dejado ahí sus pesadas armaduras. Estarían celebrando el próximo enlace de la hija de su señor en las tabernas del pueblo, excepto quizás, los encargados de guardar la entrada en el exterior de los aposentos. La sala estaba vacía y entre las armaduras, lanzas, arcos y picas, había varios cascos con sus penachos rojos y brillantes.
Me arrastré fuera de la chimenea. Elegí la pluma más grande de todas. Un rápido golpe de navaja y la pluma era mía. Iba a regresar al túnel cuando escuché voces que venían de uno de los aposentos. Una puerta se abrió y apenas tuve tiempo de esconderme tras una cortina.
Adela y su padre entraron en la sala. “No quiero casarme con ese gordo, tonto y vanidoso!” Decía ella irritada. Nunca había escuchado a nadie atreverse a llamar así al hijo predilecto de mi padre. Nadie, excepto yo mismo y no en voz alta. Adela me había resultado antipática cuando la conocí, pero sus palabras hicieron que comenzara a caerme bien. El padre ora amenazaba, ora rogaba, pero Adela seguía en sus trece. Era evidente que el viejo necesitaba concretar el matrimonio de su hija. No sé si por la necesidad de refrendar la alianza con mi padre o por la urgencia de librarse de tan terca hija.
Desde mi escondrijo, tras la cortina, sentía como la discusión cada vez se acercaba más. De repente todos callaron, la cortina fue apartada violentamente y me encontré con la pluma roja en una mano, la navaja en otra y la espada del padre de Adela en mi cuello.